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Photo by Samantha Sophia
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¿Fe o razón?
A partir de todos estos argumentos que se han expuesto hasta
aquí, ¿podríamos concluir que Dios existe? ¿Tenemos ya las herramientas para
defender nuestra fe?
Evidentemente, no. Pero nos dan ciertas ideas que, lejos de
ser irracionales, explican de manera lógica ciertos aspectos que nos podría
costar encajar.
La cuestión es que la fe no es ilógica. Al contrario,
completa al conocimiento científico y empírico y permite una visión de la
realidad desde un ángulo distinto, más amplio.
Quizá el problema cuando hablamos de la fe es el concepto
que tenemos de ella. La “definición” más extendida de fe es aquella que dice
algo así como que tener fe es creer
en algo o en alguien sin tener pruebas, simplemente porque lo dice alguien con
autoridad. O más conciso: creer a pies juntillas lo que no ves.
Pero la fe es algo distinto. Como dice el catecismo de la
Iglesia Católica, la fe es una respuesta tuya, personal y libre, a una propuesta
que te hace Dios. Esa propuesta que surge a iniciativa de Dios viene a través
de alguien que comparte su fe contigo, y tú puedes aceptarla o rechazarla.
Realmente la fe es la respuesta a un encuentro con Dios mismo.
Pero… ¿cómo podemos encontrarnos con alguien que es espíritu
puro, al que no puedo ver? Esta es la pregunta del millón. Porque si realmente
tengo experiencia de que Dios existe,
de que es real (aunque no material), la fe surge sola. Nadie puede convencerme
de lo contrario. Pero si no tengo esta
experiencia mi fe es pura teoría, una filosofía: es igual de válida que
cualquier otra y careceremos de argumentos para rebatir a quien exprese lo
contrario.
Por tanto, nos toca revisar nuestra fe. ¿Es una fe de libro
de texto, o el resultado de unas catequesis de primera comunión o de
simplemente escuchar a nuestros padres o abuelos? Porque si nuestra fe se quedó
del tamaño de nuestro traje de primera comunión o de la mantita con la que nos
arropaba nuestra abuela mientras nos hablaba de Dios… ¡estamos de enhorabuena!
¿Por qué? Pues porque estamos a punto de emprender el viaje más intenso y
deslumbrante que pudiéramos imaginar: ¡el viaje de la fe!
Este viaje nos debe llevar precisamente a buscar con corazón
sencillo ese encuentro personal con Dios, esa experiencia que nos llevará a
estar seguros y convencidos de su existencia.
Lo cual nos lleva de nuevo a la pregunta sobre cómo
encontrarnos con Dios. La respuesta no se puede dar en una línea. Vamos a
tratar de darle respuesta a lo largo de las entradas de este blog.
Porque Dios tiene un rostro visible: su hijo Jesucristo. Y Dios también habla:
a través de las personas, de los acontecimientos que tienen lugar en tu vida… Y
a Dios también se le siente y se sienten los efectos de su presencia: el Espíritu
Santo. Pero hay que tener los ojos, los oídos y el corazón preparados para
poder encontrarnos con Él.


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