jueves, 22 de agosto de 2019

JESÚS DE NAZARET, ¿DIOS U HOMBRE? - Fundamentos (parte 7)


 
Photo by Irene Strong

¿Qué son los milagros de Jesús?

Una de las cuestiones que más debate levanta es la capacidad que parece ser que tenía Jesús para realizar milagros. Según cuentan los Evangelios, Jesús curó enfermos y endemoniados, devolvió la vista a ciegos, caminó sobre las aguas, multiplicó panes y peces o incluso llegó a resucitar muertos.

¿Cómo hay que tomar estos milagros? ¿Como exageraciones de personas deslumbradas por un hombre extraordinario? ¿Como alucinaciones colectivas? ¿Como inventos de mentes perversas para atraer a incautos? ¿Como interpretaciones o signos con los que los evangelistas tratan de catequizar a sus coetáneos? ¿O como hechos extraordinarios, pero reales?

La respuesta es bastante clara: mucha gente seguía a Jesús y le buscaban allá donde fuera por los milagros que hacía. Sus palabras podían embelesarles, pero eran los signos que realizaba lo que les cautivaba. Es decir, los milagros fueron reales. Y sucedieron tal como son narrados en los Evangelios. De hecho fueron atestiguados por sus mismos perseguidores, siendo motivo también de su condena a muerte.

Los milagros son un testimonio visible del poder de Dios. ¿Cómo podemos dudar que quien creó Cielo y Tierra de la nada, pueda dar la vista a un ciego o resucitar a un muerto? Son también la confirmación del anuncio de Jesús: el Reino de Dios ha llegado con Él. Pero sobre todo son una forma visible de atestiguar que Dios tiene poder para liberar al hombre de sus penurias y miedos: el hombre que acoge la Palabra de Dios, que acoge a Jesús como Señor de su vida, no debe temer nada. Dios libera del hambre, de la enfermedad e incluso de la muerte.

¿Quiere eso decir que el los cristianos no pasan penurias, no se pone enfermos o no se mueren? Evidentemente no es eso lo que quiere decir. Pero incluso en las dificultades, en la enfermedad o en la muerte, el cristiano tiene una certeza: sabe que Dios está ahí, que le ama y que le espera tras la muerte para compartir la eternidad. Dios nos libera del miedo y nos ayuda a vivir los acontecimientos difíciles con esperanza.

JESÚS DE NAZARET, ¿DIOS U HOMBRE? - Fundamentos (parte 6)

 

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Jesús, ¿Hijo de Dios o hijo de hombre?

Cuando somos pequeños la figura de San José nos crea cierto desconcierto. Se nos dice que no interviene en la procreación de Jesús y que, sin embrago, es su padre. Si Dios Padre es también el padre de Jesús, ¿quiere eso decir que San José es Dios Padre…?
Quizá parezcan cuestiones tontas, pero a mí me crearon confusión hace muchos años, porque no entendía el papel de San José; ni si Jesús era Dios u hombre, hijo de Dios o hijo de hombre. De hecho, a lo largo de los escritos del Nuevo Testamento, encontramos que se hace referencia a Jesús con ambos términos: Hijo del Hombre e Hijo de Dios. ¿Por qué?

Ya se ha dicho más arriba que Jesús es Dios, la segunda persona de la Trinidad, el Hijo (con mayúscula). Y que en el plan de salvación que Dios ideó para nosotros, era necesario que Él mismo (actuando como sacerdote y víctima) sellara con su sangre una alianza eterna con los hombres. Por lo tanto, era “justo y necesario” que el Hijo se hiciera hombre para poder ofrecerse como víctima expiatoria perfecta en esa alianza entre Dios y los hombres.

Así pues, el Hijo eterno del Padre entró en un momento dado en la historia de la humanidad. Eso es lo que conocemos como la “encarnación”. Dios se hizo carne, tomó nuestra condición humana, en un tiempo y en lugar concretos: hace unos dos mil años, en un pueblecito llamado Belén. Y nació de una mujer llamada María, pero sin concurso de varón.

Este dogma choca de nuevo frontalmente con nuestra racionalidad. ¿Cómo puede ser concebido alguien sin que intervengan un hombre y una mujer? En la actualidad podríamos pensar que es posible por los avances tecnológicos, pero ¿hace veinte siglos?
Los evangelios nos lo explican de forma sencilla: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (Lc 1,35). Es decir, para que se viera que la generación de Jesús era obra de Dios y no del hombre, Dios Padre Todopoderoso, Creador del Cielo y de la Tierra, de todo lo visible y lo invisible, mostraba de nuevo su poder en una nueva creación: Jesucristo se hacía hombre en el seno de una mujer virgen.

De este modo, la naturaleza divina del Hijo entraba en comunión con la naturaleza humana. El niño que nació en Belén era verdadero Dios y verdadero hombre. Jesús es Hijo de Dios (en su naturaleza divina y eterna) e hijo de una mujer (en su naturaleza humana y mortal).

San José tuvo un papel trascendental en toda esta historia. Dios le entregó el cuidado del misterio; fue el fiel custodio de sus mayores tesoros: el Verbo encarnado y su madre. A él le debemos su cuidado y protección. Padre y esposo, trabajador y maestro. Siempre en la sombra (no ha quedado reflejada en la Escritura ni una sola de sus palabras), su labor fue decisiva para que Jesús fuera “creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2,52).

JESÚS DE NAZARET, ¿DIOS U HOMBRE? - Fundamentos (parte 5)


 
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¿Por qué Dios tuvo que hacerse hombre?

En primer lugar hay que tener claro que Jesús es Dios, pero que no es la misma persona que el Padre. Hablamos de nuevo del misterio de la Trinidad: tres personas (divinas), tres sustancias, pero un solo Dios. Un Dios que no es soledad, sino que vive desde siempre como una familia.

Jesús es la segunda Persona de la Trinidad, por lo que ha existido antes de que el Cosmos existiera. De hecho, como cuenta San Juan al principio de su Evangelio, todo fue hecho por la Palabra creadora: “En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron.” (Jn 1, 10-11) Es decir, la segunda Persona entró en un momento dado en la historia de la humanidad.

Si recordamos el relato de la Creación y de la caída de Adán y Eva y sus consecuencias, el hombre quedó de alguna forma a merced de sus pecados. Había roto aquel diseño maravilloso del Paraíso, separándose de Dios y de los otros hombres. A través de la historia del pueblo de Israel (pueblo elegido por Dios para rehacer aquel diseño de amor), Dios establece alianzas con el hombre, con la intención y el anhelo de recuperar aquella armonía originaria con su creatura más amada. Así, pactó alianzas con Noé, Abraham, Moisés o David, alianzas que cada vez se hacían extensivas a un colectivo mayor. Pero los hombres somos débiles. Por lo que el pueblo de Israel rompió una y otra vez esa alianza que Dios quería hacer con ellos.

¿Quién podría sellar una alianza con Dios que perdurara? ¿Quién podría ser capaz de mantener esa alianza por generaciones? Tan solo el mismo Dios. Es por eso que Dios se hizo hombre, para poder sellar una alianza eterna. Dios todopoderoso, la Palabra eterna, se encarnó en aquel niño de Belén cuyo nacimiento celebramos en Navidad.

Desde la antigüedad, los pactos y alianzas entre familias o pueblos se cerraban con sangre. Se solía sacrificar algún animal, se celebraba y se sellaba el pacto con su sangre y se celebraba un festín con la carne de aquel animal. En un derroche de amor, Jesús se ofrece como esa víctima que se sacrificaba para sellar el pacto. En el altar de la cruz, Jesús derrama hasta la última gota de su preciosa sangre para sellar una alianza eterna con Dios Padre. Jesucristo asume todas las maldiciones que debían haber recaído sobre todos aquellos que rompieron -y que rompemos- los juramentos que conllevaban las alianzas selladas con Dios.
(Para encontrar más información sobre el tema de las Alianzas, no dudes en leer el libro “Un padre fiel a sus promesas” de Scott Hahn).

Así pues, era necesario que Dios se hiciera hombre (Jesús de Nazaret), que sufriera la Pasión y que fuera sacrificado en la cruz. Su cuerpo de hombre recibió el castigo que debía haber recaído sobre nosotros, sobre los hombres de todos los tiempos, que hemos fallado a su alianza de amor. Por eso fue atroz, brutal, inhumano.
Era la única forma de abrirnos de nuevo el acceso al Paraíso: el Reino de los Cielos. No había otro modo en que los hombres pudiéramos librarnos del yugo del pecado y pudiéramos llegar de nuevo a contemplar a Dios cara a cara. Gracias a Jesús ya no somos solo creaturas de Dios: somos hijos de Dios… si nosotros queremos.
 
San Agustín lo explica de esta forma: “Porque, ¿quién es Cristo, sino aquel de quien dice la Escritura:  En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios?  Esta Palabra de Dios se hizo carne y acampó entre nosotros.  Porque no habría poseído lo que era necesario para morir por nosotros, si no hubiera tomado de nosotros una carne mortal.  Así el inmortal pudo morir, así pudo dar su vida a los mortales; y hará que más tarde tengan parte en su vida aquellos de cuya condición Él primero se había hecho partícipe.  Pues nosotros, por nuestra naturaleza, no teníamos posibilidad, ni Él, por la suya, posibilidad de morir.  Él hizo, pues, con nosotros este admirable intercambio:  tomó de nuestra naturaleza la condición mortal, y nos dio de la suya la posibilidad de vivir.” (Sermón Güelferbitano 3)