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| Photo by Marcos Paulo Prado on Unsplash |
Si está vivo, ¿dónde está Jesús? ¿Se puede tener un encuentro con Él?
Más adelante hablaremos algo más sobre la muerte y resurrección de Cristo. De momento, baste decir que el acontecimiento de la resurrección es la clave para entender nuestra fe. Supone, además, que Jesús no es solo un personaje más de la historia (como Platón, Aníbal, Carlomagno, Napoleón o Gandhi), del que se tiene recuerdo y se han escrito libros. Es una persona. Es alguien con el que hoy podemos establecer un diálogo, con el que, efectivamente, podemos encontrarnos y relacionarnos.
Tras la muerte y resurrección, y tras unos días en los que se apareció a los apóstoles y discípulos, finalmente, ascendió al cielo. Es lo que celebramos en la fiesta de la Ascensión (a los cuarenta días de la Pascua). Es decir, Jesús volvió al lado de su Padre, de donde había salido para hacerse hombre y cumplir la misión encomendada. Volvió a casa y recobró su lugar en el orden establecido desde siempre. Como dice San Pedro: “fue al cielo, está sentado a la derecha de Dios y tiene a su disposición ángeles, potestades y poderes” (1Pe 3,22).
Así pues, Jesús está vivo. Pero no en el mundo, entre nosotros, sino en el cielo, junto a Dios Padre y el Espíritu Santo. Por tanto, si está vivo podemos relacionarnos con Él. Es más, para ser cristiano deberíamos tener experiencia de ese encuentro personal con Él. De lo contrario, nuestra fe no dejará de ser un conjunto de dogmas y normas que no acaban de dar sentido a nuestra vida.
Como dice el papa Francisco en su exhortación apostólica Evangelii gaudium:
“Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él” (EG, 3).
Esto es lo que nos pide la Iglesia: encontrarnos con Cristo. Pero, ¿cómo se puede uno encontrar con alguien que murió hace más de dos mil años? Evidentemente, no lo haremos por la calle. No va a ser un encuentro físico, cara a cara, como el que tuvieron los apóstoles o los discípulos de Emaús. Es probable que tampoco sea una experiencia espiritual tan intensa y espectacular como la que tuvo San Pablo. Aunque nunca podemos descartar nada con alguien tan infinitamente original y creativo como el Señor…
El encuentro suele darse en lo que a veces llamamos “corazón”, que sería la parte espiritual de nuestro intelecto; es decir, en nuestra alma. Y es que el hombre no es solo materia. Creo que tenemos claro que en nuestro ser hay algo que no se ve, pero que hace que nuestro cuerpo material sea humano. Podríamos decir que convive o que incluso es donde residen nuestras funciones superiores (el pensamiento, la conciencia, los sentimientos, el raciocinio, el entendimiento…). Es lo que hace al ser humano, persona. El alma humana es creada por Dios (no por los padres) y entregada a un cuerpo concreto en el momento de la concepción. Es eterna y única.
Es en nuestra alma donde podemos encontrarnos con Jesús. Pero para conseguir ese encuentro lo primero que debe haber es deseo por nuestra parte. También es necesario el silencio en nuestra mente y en el alma: la actividad frenética, el estrés, el ruido constante… solo consiguen que el alma agitada se vea absorbida por lo que hay en el exterior. Y lo que hace falta es que mire a su interior, como expresó san Agustín en su obra “Las confesiones”:
¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva,
tarde te amé! y tú estabas dentro de mí y yo afuera,
y así por de fuera te buscaba; y, deforme como era,
me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste.
Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo.
Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que,
si no estuviesen en ti, no existirían.
Me llamaste y clamaste, y quebraste mi sordera;
brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera;
exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo;
gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti;
me tocaste, y deseo con ansia la paz que procede de ti.
Como dice san Agustín, Jesús está deseando que lo busquemos y lo
hallemos. Y nos da pistas sobre cómo hacerlo.
Algunas de las maneras más usuales para conseguir este encuentro son:
- Los sacramentos. Cada uno de ellos
encierra la presencia misteriosa del Señor. Pero sin duda, el lugar por excelencia
en el que está más presente el Señor es la eucaristía, donde está
incluso físicamente. De esto hablaremos más adelante, en otro capítulo.
- La oración. Es el momento de intimidad
con Él. No se trata solo de pedir. Debe ser un diálogo, calmado, entre enamorados.
Escúchalo. Deja que hable.
- Los acontecimientos. Jesús habla de
forma más clara a través de todo lo que te pasa, lo que entiendes y lo que no,
lo que tienes planeado y lo que te llega de improviso. Pide el discernimiento
para saber interpretar la voz de Dios en tu vida.
- La Palabra de Dios. La Biblia no es
solo una colección de libros históricos. Es la historia de un encuentro, de una
búsqueda del amor entre Dios y los hombres. Comenzó con Adán y Eva y llega
hasta ti. En los Evangelios podemos escuchar, de manera especial, la voz de
Jesús. Aunque no aparezca tu nombre, te habla, te interpela, te llama, te
cuestiona.
- El sagrario. Es el lugar donde Cristo
sacramentado (Jesús vivo y con presencia física) reposa, esperando en todas las
iglesias a que nos acerquemos a hablar con Él. Cuando estás delante del
sagrario te encuentras en la presencia del mismísimo Dios. Qué menos que
inclinar la cabeza o realizar una genuflexión… Luego, puedes contemplarlo, adorarlo,
rezar o simplemente hablar con Él como con un buen amigo que te conoce bien y
que te aprecia más de lo que puedas imaginarte.
- Las personas. Podemos encontrar a
Cristo en el otro. Especialmente en los que sufren (pobres, enfermos…), porque “cada
vez que lo hicisteis [alimentar, dar de beber, visitar, hospedar, vestir] con
uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt
25,40).
Jesús también se vale de las palabras de un amigo, de tu padre, de un compañero o hasta de un desconocido para que te plantees cosas en la vida que, quizá, de otra forma no te plantearías.
También está presente de una forma muy particular en los sacerdotes, hombres consagrados que representan a Cristo (en especial en los sacramentos) y que han recibido de Él una misión de servicio y entrega a todos las personas y la fuerza para llevarla a cabo. - La naturaleza. Es donde encontramos la huella y el eco de aquella Voz que dijo “hágase”. La naturaleza nos lleva a la admiración y a la contemplación. Y ellas deberían conducirnos a la oración con el que creó tales maravillas para nosotros.


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