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| Photo by Nursultan Rakysh |
¿Dios se hizo hombre o un hombre se hizo Dios?
Ninguno de nosotros vivimos en aquel entonces para decir con
certeza qué ocurrió. Es cierto. Por tanto debemos dejarnos guiar y aconsejar
por lo que ha llegado a nosotros a través de escritos, tradiciones…
Según los expertos en la materia, los Evangelios que
conocemos de Mateo, Marcos, Lucas y Juan fueron escogidos para formar parte del
canon de la Biblia por su exactitud y fiabilidad, por su cercanía a lo narrado
(son los más antiguos) y por complementarse mutuamente. Cada uno fue escrito
para unos destinatarios y con un fin. Por tanto, estas son las fuentes más
fiables con las que contamos para acercarnos a la figura de Jesús de Nazaret.
Además, están refrendados por muchos otros escritos de la época, algunos
totalmente ajenos al Cristianismo.
Según los Evangelios, Jesús se revela a sí mismo como algo
más que un profeta, un iluminado o un maestro. Muchos le tratan como tal. Pero
Él va más allá: se atreve a equipararse a Dios, con el poder de perdonar los
pecados y de reinterpretar -o incluso reescribir- la ley más sagrada de Israel
(la ley que se dio a Moisés). Todo esto era sencillamente inaceptable para los
judíos. El hecho de que una persona se arrogara ser Dios lo convertía en
blasfemo y reo de muerte. Y en ningún momento se retracta de tales afirmaciones,
ni siquiera cuando se ve apresado y es llevado al patíbulo de la cruz.
¿Cómo es posible que alguien no se retracte de lo que ha
dicho cuando se ve amenazado de muerte? Puede haber dos explicaciones más o
menos plausibles: Jesús estaba mentalmente enfermo, de modo que creía sus
propias locuras, o Jesús era realmente quien decía ser, por lo que no podía
negarlo. Aun así hay que ser muy valiente… o muy loco… o tener muy claro cuál
es el propósito de tu vida, para dejarte matar por ser fiel a unos ideales o a
una creencia.
Si por un momento pensamos en la primera opción (la de la
locura) y suponemos que Jesús sufría algún tipo de trastorno que le avocaba a
la megalomanía, parece plausible que se creyera dios. Sin embargo, Jesús no dice
expresamente en ningún momento “yo soy dios”. No pide para sí privilegios ni adoración.
De hecho, habitualmente suele evitar que se le tribute ningún tipo de alabanza
o loor; o incluso que hablen de sus actos extraordinarios. Y lo que es más aún
extraño: en vez de arrogarse para sí el “título” de dios hecho hombre, se
presenta como algo totalmente inusual y desconocido en la tradición judía: hijo
de Dios Padre. Y no conforme con eso, introduce a otra persona más en la
ecuación: el aún más desconocido Espíritu Santo. Es decir, no se revela como el
único Dios, como la personificación o humanización del Dios todopoderoso.
Desvela a una especie de familia, una muy original, muy lejana de los modelos familiares
de las deidades griegas o romanas. ¿De dónde pudo sacar Jesús, un humilde
carpintero de Nazaret, semejantes ideas? A no ser que fuera algo más que un
sencillo carpintero…
Los Evangelios no son una biografía de Jesús. Son relatos
que tratan de mostrarnos, a través de una serie de diálogos y acontecimientos,
quién era Jesús. Y lo que relatan es algo que el pueblo de Israel conocía muy
bien: la llegada del Mesías. Los judíos llevaban (y aún llevan) siglos
esperando la venida de un salvador, alguien que les llevara a la libertad
definitiva. Jesús dio cumplimiento a todas las escrituras que profetizaban su
llegada. Pero no fue reconocido por muchos de sus contemporáneos, especialmente
los poderes religiosos, que lo vieron como un peligro para su fe. Por eso se
puso precio a su cabeza y trataron de borrarlo del mapa.
Con lo que no contaban los sumos sacerdotes que decidieron
su muerte, fue con que la semilla de su Palabra ya había calado en muchos,
especialmente en doce hombres: los apóstoles, elegidos por Jesús para escuchar
y vivir qué y cómo era realmente el reino que iba a traer el Mesías. No era un
reino impuesto por la fuerza, sino por la paz y el amor.
Solo unos pocos entendieron y acogieron el mensaje que trajo
Jesús. Solo ellos reconocieron en aquel hombre lo que otros no pudieron
aceptar: aquel hombre era Dios mismo, el Hijo unigénito de Dios Padre, la
Palabra hecha carne, el Verbo divino. La certeza de que aquello era verdad y el
deseo de compartirlo con todos los hombres, les llevó a viajar por todo el
mundo conocido y proclamar a los cuatro vientos el mensaje del Reino de los
Cielos, sin temor a ser apresados, torturados o incluso ajusticiados por ello.
Este es el comienzo de la Iglesia, instaurada por el mismo Jesucristo.


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