
Photo by Liane Metzler

¿Qué pasa con el mal en el mundo?
Si todo estaba bien hecho, ¿está Dios satisfecho con el mal,
las desgracias, los hombres malos (asesinos, terroristas, violadores,
violentos, ladrones…), la muerte…? ¿También es obra de Dios? Todo esto lo
trataremos más adelante, pero vamos a dar un pequeño avance para poder entender
ciertos temas fundamentales de nuestra fe.
La respuesta a las preguntas anteriores es sí y no... Pero
veámoslo despacio para no caer en errores. Dios ha creado a todos los hombres,
buenos y malos. Y a todos los ama. Porque si algo o alguien de lo que existe no
hubiera sido querido, sencillamente no existiría. Pero Dios no los ha creado
malos y buenos. Dios ha creado al hombre con unos dones únicos en la Creación.
Entre ellos, la libertad y el libre albedrío. Es decir, el hombre es el único
que puede decidir por sí mismo rebelarse contra su Creador, darle la espalda y
vivir como si no existiese. Puede también desobedecer las leyes naturales que
tenemos todos inscritas en el corazón y cometer cualquier tipo de tropelía.
Dios nos ha concedido un gran poder: la libertad. Y como le dijeron a Spiderman,
“todo gran poder conlleva una gran responsabilidad”. ¿Cuántos males y
desgracias que ocurren en nuestros días vienen de la mano de hombres y mujeres
que han errado su camino? Esto no ha sido querido por Dios. Es una consecuencia
de ese regalo inmenso que nos hizo. Se la jugó aun sabiendo que podíamos
traicionarle. Pero no se arrepintió de habernos creado. Él sigue amando a
buenos y malos y eso no cambiará jamás.
Así pues, Dios no creó el mal. Este vino por el mal uso del
hombre de su libertad para elegir a Dios o negarlo (negarse a recibir su amor) e
ir por otros derroteros. La elección equivocada es lo que conocemos como
pecado. Y este pecado se remonta ya a nuestros ancestros más remotos: Adán y
Eva. El libro del Génesis nos relata también su caída, seducidos por la
serpiente, representación del Demonio (de él también hablaremos en otro
capítulo; pero sí, Dios también creó al Demonio, aunque cueste creerlo…).
Como consecuencia del pecado del hombre, que provoca que el
propio hombre se vaya destruyendo y destruya también la creación que le rodea
(personas, animales, naturaleza, etc.), Dios establece que la vida del hombre
en el mundo creado tenga término. De este modo y dependiendo de lo que el
hombre busque y cómo oriente su vida, podrá volver a encontrarse con su Creador
o se perderá definitivamente. Porque la persona no es solo materia: en cada uno
de nosotros habita un alma, que es inmortal. Es ésta la que, en “un nuevo cielo
y una nueva tierra” y revestida de un cuerpo ya incorruptible, habitará para
siempre con Dios.
Pero como el hombre por sí solo tenía complicado lo de
elegir a Dios frente a las tentaciones que nos plantea el Demonio, Dios pensó
desde siempre en un plan B: Jesucristo. Como veremos en el siguiente capítulo,
Jesús va a ser nuestro Salvador, librándonos (si nosotros queremos) del poder
del pecado y abriéndonos las puertas de la eternidad con Dios Padre. Dios, en
Cristo, ofrece la salvación a todos, sin excepción.
Padre de todo y de todos
Dios, como origen de todo lo creado (incluyéndonos a
nosotros), es como nuestro padre y madre.
Aunque muchas religiones ya habían tenido esta intuición
antes del Cristianismo, nosotros contamos con la revelación que hace
Jesucristo. Él nos presenta a Dios como Padre y a nosotros como sus hijos
amados. Cada uno somos un proyecto de amor del Padre. Él nos ha dado la
existencia porque ha querido y nos ha colmado con toda clase de bienes
materiales y espirituales. Nos cuida y ha puesto en el mundo todo aquello que
necesitamos para encontrarnos con Él.
Esto nos debe llevar a considerar que el objetivo del hombre
no debe ser perpetuarse en este mundo, ni vivir lo mejor posible rodeado de lujos
o simplemente salir adelante. Nuestra meta es vivir nuestra vida, allá donde
cada uno estemos, de modo que algún día podamos volver a casa y reunirnos con
nuestro Padre.
Por eso Dios Padre, que sigue siendo creador e infinitamente
original, nos envía regalos que a veces no entendemos (¿quién entiende una
enfermedad, una situación de paro, un nuevo hijo, un accidente…?). No es que
Dios sea cruel y nos castigue. Al contrario, como nos ama tiernamente pone en
nuestra vida situaciones que nos hacen despertar y fijar nuestra mirada en lo
único que importa: nuestro camino hacia Él, hacia la Vida Eterna. Cuando nos
vamos desviando, centrando nuestro día a día en cuestiones y preocupaciones que
solo nos alejan de Él y que nos arrastran inevitablemente al pecado y a la
tristeza que este conlleva, Dios actúa como un padre que a veces nos tiene que
hablar con severidad y ponernos de nuevo en la pista de nuestra salvación. Este
camino es el que nos llena de alegría y nos hace vivir plenamente, incluso
atravesando una enfermedad o una situación dolorosa. Un misterio, ¿verdad? Pero
cierto como la vida misma.
Nos queda por resolver una gran duda. ¿Qué ocurre con la
gente que, por nacer donde han nacido o por circunstancias ajenas a ellos,
están sumidos en situaciones terriblemente adversas (miseria, violencia,
injusticias, etc.)? ¿Qué clase de padre querría esos padecimientos para sus
hijos?
De esto también hablaremos un poco más adelante.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Puedes dejar un comentario. Será bien recibido... a no ser que sea ofensivo.