viernes, 2 de agosto de 2019

DIOS PADRE Y CREADOR… ¿DE QUIÉN, DE QUÉ? - Fundamentos (parte 2)


 
Photo by Kyle Cottrell

¿La Creación se acabó tras esos “seis días”?

O lo que es lo mismo, ¿podemos decir que Dios terminó su labor y ha dejado su creación a merced de las leyes y procesos de la naturaleza y el cosmos?

Es cierto que Dios creó todas esas leyes y procesos para gobernar el Universo. Pero Dios no se ha ido de vacaciones.

En esos “seis días” el Universo quedó preparado para albergar al hombre. Y todo era (y es) sencillamente perfecto (“y vio Dios que estaba bien”). Y Dios creó al hombre, su obra maestra, el culmen de la Creación (“y todo estaba muy bien”). Y lo puso al cuidado de ella.

Tras esos “seis días” simbólicos, dice el relato del Génesis que Dios descansó. Ese descanso representa la consumación de la Creación, cuando “Dios será todo en todos” al final de los tiempos. Nuestro domingo representa de alguna forma esa fiesta y alegría en la que viviremos eternamente, sin los sufrimientos y agobios del día a día.

Mientras llega ese “domingo sin ocaso”, nos toca a nosotros colaborar con Dios en la labor creadora. Dios nos ha dado a los hombres inteligencia y aptitudes para seguir creando, para investigar, para fabricar, para trabajar… Pero sobre todo nos ha concedido ser co-creadores con Él trayendo hijos al mundo a través de una paternidad responsable.

La Creación quedó concluida al cabo de los “seis días”. Pero Dios no ha desaparecido. Estamos al cuidado de su Creación, pero no solos. Hablaremos de ello más adelante, pero como anticipo conviene decir que la acción creadora de Dios no se ha detenido. Hoy Dios sigue pendiente de su Creación. Es más, sigue pendiente de la historia de la humanidad y en concreto, de la historia de cada una de sus obras maestras: nosotros. La Biblia narra la acción de Dios en la historia de los hombres, en la historia de un pueblo (el de Israel) y en la vida de muchas personas que descubrieron que, detrás de lo que les pasaba o de lo que ocurría a su alrededor, estaba la mano misteriosa de Dios. Y, curiosamente, si nos paramos a pensar, veremos esa misma mano en nuestra propia vida.

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