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| Photo by Walter Chávez on Unsplash |
Jesús, ¿Hijo de Dios o hijo de hombre?
Cuando somos pequeños la figura de San José nos crea cierto
desconcierto. Se nos dice que no interviene en la procreación de Jesús y que,
sin embrago, es su padre. Si Dios Padre es también el padre de Jesús, ¿quiere
eso decir que San José es Dios Padre…?
Quizá parezcan cuestiones tontas, pero a mí me crearon confusión hace muchos
años, porque no entendía el papel de San José; ni si Jesús era Dios u hombre,
hijo de Dios o hijo de hombre. De hecho, a lo largo de los escritos del Nuevo
Testamento, encontramos que se hace referencia a Jesús con ambos términos: Hijo
del Hombre e Hijo de Dios. ¿Por qué?
Ya se ha dicho más arriba que Jesús es Dios, la segunda persona de la Trinidad, el Hijo (con mayúscula). Y que en el plan de salvación que Dios ideó para nosotros, era necesario que Él mismo (actuando como sacerdote y víctima) sellara con su sangre una alianza eterna con los hombres. Por lo tanto, era “justo y necesario” que el Hijo se hiciera hombre para poder ofrecerse como víctima expiatoria perfecta en esa alianza entre Dios y los hombres.
Así pues, el Hijo eterno del Padre entró en un momento dado en la historia de la humanidad. Eso es lo que conocemos como la “encarnación”. Dios se hizo carne, tomó nuestra condición humana, en un tiempo y en lugar concretos: hace unos dos mil años, en un pueblecito llamado Belén. Y nació de una mujer llamada María, pero sin concurso de varón.
Este dogma choca de nuevo frontalmente con nuestra racionalidad.
¿Cómo puede ser concebido alguien sin que intervengan un hombre y una mujer? En
la actualidad podríamos pensar que es posible por los avances tecnológicos,
pero ¿hace veinte siglos?
Los evangelios nos lo explican de forma sencilla: “El Espíritu Santo vendrá
sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo
que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (Lc 1,35). Es decir, para que se
viera que la generación de Jesús era obra de Dios y no del hombre, Dios Padre
Todopoderoso, Creador del Cielo y de la Tierra, de todo lo visible y lo
invisible, mostraba de nuevo su poder en una nueva creación: Jesucristo se
hacía hombre en el seno de una mujer virgen.
De este modo, la naturaleza divina del Hijo entraba en comunión con la naturaleza humana. El niño que nació en Belén era verdadero Dios y verdadero hombre. Jesús es Hijo de Dios (en su naturaleza divina y eterna) e hijo de una mujer (en su naturaleza humana y mortal).
San José tuvo un papel trascendental en toda esta historia. Dios le entregó el cuidado del misterio; fue el fiel custodio de sus mayores tesoros: el Verbo encarnado y su madre. A él le debemos su cuidado y protección. Padre y esposo, trabajador y maestro. Siempre en la sombra (no ha quedado reflejada en la Escritura ni una sola de sus palabras), su labor fue decisiva para que Jesús fuera “creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2,52).


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