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| Photo by Gift Habeshaw on Unsplash |
Si Jesús es Dios, ¿está hoy vivo?
Yo me considero una persona terriblemente racional. Lo que
no veo razonable (sea en el ámbito que sea), sencillamente lo ignoro. ¿Qué es
lo que me llevó a mí, pues, a creer en la divinidad de Cristo? ¿En qué momento
hinqué la rodilla y me dejé conquistar por Él?
La respuesta no es sencilla ni algo que se pueda resumir en una frase o en un
instante concreto. Es la historia de una vida. Mi vida. Porque lo que a mí me
ayudó en este despertar a la fe en el Hijo de Dios fue descubrir que estaba
resucitado (y por tanto vivo), descubrir su acción en mi propia vida.
En este proceso me ayudaron los que, a lo largo de los años, me fueron transmitiendo la fe: mis padres y mis catequistas. Todos ellos me enseñaron a ver mi vida con ojos nuevos. Las cosas que ocurren puedes verlas desde un punto de vista puramente humano, casual o intrascendente. Así ocurre cuando miras con los ojos del experto, del viejo, del hastiado. Así miraba yo en mis años jóvenes: con suficiencia, como estando de vuelta de todo (sin haber salido de nada). Pero para ver la obra de Dios hay que mirar como un niño: con admiración, como si todo fuera nuevo.
¿Cómo se puede cambiar la forma de ver los acontecimientos
de la vida? En mi caso, fue a través del sufrimiento. No sufrimientos horrorosos,
sino situaciones concretas que me hacían sufrir. Todas ellas fruto de mis
pecados.
Veamos un ejemplo de una de esas situaciones dolorosas que tanto me ayudaron.
¿Cómo puede ver una persona orgullosa que lo es? Enfrentándolo a su peor
pesadilla: la humillación. En mi caso fue algo tan simple como el fracaso en
mis estudios universitarios, después de una exitosa carrera como estudiante. En
el momento en el que te das cuenta de que no puedes con todo, que hay cosas que
te superan, que no eres Dios… algo sucede dentro de ti. En primer lugar, sufres
porque no eres capaz de asimilarlo. Después, solo te queda recurrir al que es
más fuerte que tú. A mí me habían enseñado que ese era Dios. Así que me puse en
sus manos, le pedí ayuda para entender, para afrontarlo.
Como esta situación hubo otras parecidas, en las que fui descubriendo también mi egoísmo, mi soberbia, mi ira, mi envidia, mi lujuria… A medida que vas viendo lo que llena y rebosa de tu corazón te empiezas a preguntar quién puede quererte como eres. Ahí es donde entró Jesús.
Decimos en el Credo que Cristo fue crucificado, muerto y
sepultado, que descendió a los infiernos y que al tercer día resucitó de entre
los muertos. Eso es lo que descubrí yo: que Jesús había muerto por mis pecados,
por mis miserias, por todo eso que me hacía sufrir para liberarme de ello. Eso
es lo que viví yo: que Cristo bajó a mis infiernos, al infierno de mis pecados
concretos, donde ni yo mismo me podía querer. No era algo que había ocurrido
hacía dos mil años. Era algo que estaba ocurriendo en mi presente: Él me estaba
ayudando a ver la raíz de mi sufrimiento para sacarme de él.
Y lo hizo con tal poder que incluso me sacó de pecados muy concretos que
llevaban años anclados en mi corazón erosionando mi persona. Como la persona
alcohólica que sabe que por sus fuerzas jamás conseguirá dejar la bebida y que
precisa de alguien que le lleve de la mano y que no se separe de él, así me sentí
yo. Sin su ayuda, sencillamente hubiera sido imposible.
Sí, Jesucristo resucitó y está vivo (ayer, hoy y siempre). Como los discípulos de Emaús o los propios apóstoles, yo también le he reconocido al verle actuar. ¿Se pueden buscar otras explicaciones más “racionales” a lo que experimenté? Seguramente. Pero algo en mi interior desde aquella época me confirma que Jesucristo es el Hijo de Dios, que es Dios mismo y que está vivo. Yo he sido testigo y no puedo negarlo.


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