jueves, 22 de agosto de 2019

JESÚS DE NAZARET, ¿DIOS U HOMBRE? - Fundamentos (parte 2)

Photo by Marcos Paulo Prado on Unsplash

 

Jesús, ¿divino o divinizado?

Anteriormente hemos visto un par de posibilidades por las que Jesús podría afirmar que era el Hijo de Dios. No obstante, existe otra posibilidad: que Jesús nunca dijera tal cosa, que de alguna forma su mensaje se tergiversara y con el tiempo se le divinizara.

Hay una corriente de pensamiento que se resiste a ver a Jesús como Dios. Es una idea que estuvo presente en los comienzos de la vida de la Iglesia y que estuvo latente a lo largo de los siglos. Tanto es así que hoy en día sigue habiendo muchas personas, tanto fuera como dentro de la misma Iglesia, que afirman la no-divinidad de Jesús. Aseguran que Jesús fue un hombre extraordinario; que la radicalidad y originalidad de su mensaje fue y es fuente de inspiración para todos los hombres; que fue una persona consecuente con sus palabras, un hombre como Dios manda, un hombre “según el corazón de Dios”. Pero, al fin y al cabo, un hombre. Un hombre que murió, pero que dejó un gran legado para todas las generaciones. Por tanto, ponen en tela de juicio su concepción, sus milagros… y, por supuesto, su resurrección. Jesús resucitado no sería sino el recuerdo vivo de sus palabras, de su pasar haciendo el bien por el mundo.

Según esta forma de pensar, la divinidad de Jesús habría sido producto de la Iglesia. La Escritura (especialmente los Evangelios y las cartas) habrían sido fabricados o manipulados para convencernos de que Jesús era algo más que un hombre extraordinario.

Cuando resaltaba más arriba la idea de que hay cristianos que se adhieren a esta corriente de pensamiento, es porque esta forma de ver nuestra fe cristiana crea un cisma dentro de la propia Iglesia. Como decía el padre Cantalamessa, predicador de la Santa Sede, “en el ámbito de la fe, la distinción fundamental de los espíritus no es la que distingue entre sí a católicos, ortodoxos y protestantes, sino la que distingue a los que creen en Cristo Hijo de Dios y a los que no creen en él” (tercera predicación de Cuaresma 2021).
La figura de Cristo, Hijo de Dios, segunda persona de la Trinidad, Dios mismo, es clave para la fe y la vida cristiana. Sin Él se vacía totalmente. Como decía San Pablo, “si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe” (1 Cor 15,14).

¿Qué nos puede ayudar a descubrir la divinidad de Jesús?
En primer lugar, lo que de Él está escrito. Podemos poner en duda las atribuciones que se hacen sobre su divinidad en los Evangelios o en las cartas. Pero entonces, ¿por qué no poner en duda el resto? Asegurar que aquellos escritos, de puño y letra de las personas que vivieron con Jesús (o sus discípulos), no son dignos de crédito, es sin duda arriesgado.

¿Qué podría llevar a estas personas a poner en riesgo su vida por una gran mentira, por una invención que, sobre todo en los primeros siglos de cristianismo, llevó a tantos hombres y mujeres a derramar su sangre? ¿Por qué ir en contra de su propia fe judía? ¿Qué podría aportarles? ¿Dinero? ¿Poder? ¿Éxito? ¿Una vida cómoda?...
No, nada de eso. Cuando una persona (en cualquier época) se juega la vida es por una razón de peso. Y en este caso la había: estas personas fueron testigos oculares de algo, de alguien sencillamente extraordinario. Un hombre que tenía “palabras de vida eterna” (Jn 6,68), que hizo obras que nadie más había hecho jamás (“pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén”, Hch 10,38-39) y que, de forma aún más increíble, fue resucitado de la muerte (“A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.”, Hch 2,32). Fue todo esto lo que llevaría a Pedro a afirmar: “nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn 6,68); y en otro lugar, “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo” (Mt 16,16).

Sin embargo, es cierto que reconocer que Jesús es Dios es un acto que va más allá de lo puramente racional. Por muchos argumentos que diéramos, solo Dios mismo puede atestiguar en nuestro corazón que es cierto. Solo la acción callada del Espíritu Santo en nuestro propio espíritu puede darnos la certeza que necesitamos.
Pero la fe no es un salto al vacío. Es una respuesta personal y racional a la acción de Dios en nuestra vida. Es la respuesta a un corazón inquieto que se forma e informa, que lee, que se documenta, que aprende, que desea conocer la verdad, que reza. Pero siempre con la mente y el corazón abiertos, receptivos a lo que quiere decirnos Dios. Como dijo Jesús a los judíos que habían creído en él: “
Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.” (Jn 8, 31-32)

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Puedes dejar un comentario. Será bien recibido... a no ser que sea ofensivo.