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| Photo by Joshua Earle on Unsplash |
¿Por qué Dios tuvo que hacerse hombre?
En primer lugar hay que tener claro que Jesús es Dios, pero
que no es la misma persona que el Padre. Hablamos de nuevo del misterio de la
Trinidad: tres personas (divinas), tres sustancias, pero un solo Dios. Un Dios
que no es soledad, sino que vive desde siempre como una familia.
Jesús es la segunda Persona de la Trinidad, por lo que ha
existido antes de que el Cosmos existiera. De hecho, como cuenta San Juan al
principio de su Evangelio, todo fue hecho por la Palabra creadora: “En el mundo estaba, y el mundo fue hecho
por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la
recibieron.” (Jn 1, 10-11) Es decir, la segunda Persona entró en un momento
dado en la historia de la humanidad.
Si recordamos el relato de la Creación y de la caída de Adán
y Eva y sus consecuencias, el hombre quedó de alguna forma a merced de sus
pecados. Había roto aquel diseño maravilloso del Paraíso, separándose de Dios y
de los otros hombres. A través de la historia del pueblo de Israel (pueblo
elegido por Dios para rehacer aquel diseño de amor), Dios establece alianzas
con el hombre, con la intención y el anhelo de recuperar aquella armonía
originaria con su creatura más amada. Así, pactó alianzas con Noé, Abraham,
Moisés o David, alianzas que cada vez se hacían extensivas a un colectivo mayor.
Pero los hombres somos débiles. Por lo que el pueblo de Israel rompió una y
otra vez esa alianza que Dios quería hacer con ellos.
¿Quién podría sellar una
alianza con Dios que perdurara? ¿Quién podría ser capaz de mantener esa alianza
por generaciones? Tan solo el mismo Dios. Es por eso que Dios se hizo hombre,
para poder sellar una alianza eterna. Dios todopoderoso, la Palabra eterna, se
encarnó en aquel niño de Belén cuyo nacimiento celebramos en Navidad.
Desde la antigüedad, los pactos y alianzas entre familias o
pueblos se cerraban con sangre. Se solía sacrificar algún animal, se celebraba
y se sellaba el pacto con su sangre y se celebraba un festín con la carne de
aquel animal. En un derroche de amor, Jesús se ofrece como esa víctima que se
sacrificaba para sellar el pacto. En el altar de la cruz, Jesús derrama hasta
la última gota de su preciosa sangre para sellar una alianza eterna con Dios
Padre. Jesucristo asume todas las maldiciones que debían haber recaído sobre
todos aquellos que rompieron -y que rompemos- los juramentos que conllevaban
las alianzas selladas con Dios.
(Para encontrar más información sobre el tema de las Alianzas, no dudes en leer el libro “Un padre fiel a sus promesas” de Scott Hahn).
(Para encontrar más información sobre el tema de las Alianzas, no dudes en leer el libro “Un padre fiel a sus promesas” de Scott Hahn).
Así pues, era necesario que Dios se hiciera hombre (Jesús de
Nazaret), que sufriera la Pasión y que fuera sacrificado en la cruz. Su cuerpo
de hombre recibió el castigo que debía haber recaído sobre nosotros, sobre los
hombres de todos los tiempos, que hemos fallado a su alianza de amor. Por eso
fue atroz, brutal, inhumano.
Era la única forma de abrirnos de nuevo el acceso al Paraíso: el Reino de los Cielos. No había otro modo en que los hombres pudiéramos librarnos del yugo del pecado y pudiéramos llegar de nuevo a contemplar a Dios cara a cara. Gracias a Jesús ya no somos solo creaturas de Dios: somos hijos de Dios… si nosotros queremos.
Era la única forma de abrirnos de nuevo el acceso al Paraíso: el Reino de los Cielos. No había otro modo en que los hombres pudiéramos librarnos del yugo del pecado y pudiéramos llegar de nuevo a contemplar a Dios cara a cara. Gracias a Jesús ya no somos solo creaturas de Dios: somos hijos de Dios… si nosotros queremos.
San Agustín lo explica de esta forma: “Porque, ¿quién es
Cristo, sino aquel de quien dice la Escritura: En el principio ya
existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios?
Esta Palabra de Dios se hizo carne y acampó entre nosotros. Porque
no habría poseído lo que era necesario para morir por nosotros, si no hubiera
tomado de nosotros una carne mortal. Así el inmortal pudo morir, así pudo
dar su vida a los mortales; y hará que más tarde tengan parte en su vida
aquellos de cuya condición Él primero se había hecho partícipe. Pues
nosotros, por nuestra naturaleza, no teníamos posibilidad, ni Él, por la suya,
posibilidad de morir. Él hizo, pues, con nosotros este admirable
intercambio: tomó de nuestra naturaleza la condición mortal, y nos dio de
la suya la posibilidad de vivir.” (Sermón Güelferbitano 3)


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